BUDA y su Enseñanza

De Ramiro Calle en el libro "Buda el principe de la luz"

 

 

I- ¿QUIÉN FUE BUDA? EL HOMBRE Y SU VIDA  

 

Maya estaba desposada con el rey Suddhodana, monarca del reino de los sakyas, un reino pacifico, de hermosas y fértiles tierras situadas en la planicie del norte de la India.

La reina Maya  tuvo un parto rápido y sin complicación alguna, y por todo el reino sakya se difundió la noticia del nacimiento del príncipe. Al día siguiente acudió a palacio un anciano asceta, de nombre Ashita,  poseedor de poderes clarividentes y considerado un gran sabio por todos los que le conocían. Ashita cogió entre sus brazos al recién nacido y exclamó: “¡Qué maravilloso acontecimiento que un ser tal haya venido a este mundo. Es una criatura sublime. Si asume ser rey, será monarca universal pero si toma la vía de la renuncia a lo mundano, alcanzará el nirvana y se convertirá en un perfecto iluminado, en un gran buda!”.

Estas palabras angustiaron al monarca, pues necesitaba un sucesor cuando muriese y no estaba dispuesto a permitir que su hijo renunciase  a reinar, no quería ni imaginar que su hijo abandonara algún día sus deberes principescos y se convirtiera en un simple anacoreta.

Desde que el gran eremita Ashita  predijo la “budeidad” de Siddhartha, el rey se alarmó sobremanera y trató en todo momento de ocultar la realidad del sufrimiento  a su hijo.  Le rodeó de lujos y fastos sin límite, ordenando que el muchacho no tuviera ocasión de contemplar el rostro feo y amargo de la existencia.

La reina Maya encontró la muerte una semana después del nacimiento del niño, al que llamó Siddhartha, del linaje Gotama de los sakyas. Habiendo muerto la reina, el niño, durante siete años, fue puesto al cuidado de su tía Prajapati, segunda esposa del monarca, que cuidaba con esmero al muchacho, asistida por treinta y tres nodrizas.

A los siete años Siddhartha es conducido hasta el mentor que se iba a hacer cargo de su educación cultural y espiritual, el erudito brahmán Vismamitra. La educación del joven sakya era muy completa y rigurosa. El niño debía estudiar gramática, caligrafía, ajedrez, música, cálculo, astrología, masaje, perfumería, prácticas adivinatorias y otras materias. Además debía ejercitarse en el deporte y en las artes marciales. También recibiría una solida educación religiosa.

Pero Siddharta no era un niño feliz ni un muchacho que buscara la diversión o el placer. Desde corta edad estuvo lleno de inquietudes espirituales. Cada día mostraba más inclinación hacia los aspectos místicos y sublimes de la existencia, atrayéndole cada vez menos los placeres y  diversiones palaciegas. Cada día era mayor su aversión a los estudios, a los deportes y a las competiciones marciales.

A menudo estaba tentado de solicitar permiso a su padre para viajar fuera de palacio. Cualquier sitio sería apetecible con tal de abandonar esa vida artificial y acaramelada que estaba obligado a llevar. Pero sentía tanto cariño por el monarca y lo veía tan ilusionado con su glorioso destino, que no se atrevía ni a insinuarlo.

Cuando Siddharta estaba a punto de cumplir los dieciséis, el rey le propuso, como manera de retenerlo y hacerle cumplir con sus obligaciones de príncipe, la necesidad de que tomara esposa y así, poder proporcionarle un nieto que continuara la línea sucesoria.  El joven se ensombreció pues no encontraba ninguna razón en su mente ni en su corazón para contraer matrimonio.  Sentía  todos sus deberes de príncipe ajenos e incluso trataba de burlarlos.

Siddharta jamás había conocido el dolor, y tampoco sabía que existiera. Pero a pesar de haber vivido de espaldas a la sombra del sufrimiento, sentía como insatisfactoria e inútil la vida que llevaba, y aspiraba íntimamente a otro modo de vivir y de sentir.

En la audiencia destinada a que encontrara esposa, Siddharta, por primera vez en su vida, sintió una abrasadora  corriente de amor cuando vio a Yasodhara, princesa de un clan vecino. Estaba realmente impresionado por la belleza y delicadeza de Yasodhara. Si su deseo hubiera sido desposarse habría sido sólo con aquella joven exquisita.  Así se lo hizo saber al  monarca, que pidió, para su hijo, la mano de la joven y una vez concedida, se fijó fecha para la boda.

La boda se celebró con enorme fasto. Los príncipes estaban ilusionados y absortos el uno con el otro. La princesa amaba al príncipe y éste le correspondía.

Vinieron meses de pasión, caricias y dicha. Y así discurría el tiempo, entre los más refinados lujos y con todos los placeres a su alcance, deleitando a los sentidos: suculentas comidas, danzas y juegos, ópera y fiestas. Y a pesar de todo aquel lujo desmesurado, Siddharta no podía ahogar sus inquietudes místicas.

Cuando los príncipes contaban la edad de veintiocho años, Yasodhara  anunció al príncipe que estaba embarazada. Siddharta derramó lágrimas en silencio, pero no eran lágrimas de felicidad sino de pesar, pues aquel hijo era el gran lazo a sumar a sus ataduras de hombre casado y príncipe heredero.

A pesar de que el rey rodeó a Siddharta de cuantos lujos eran posibles para que no supiera de las realidades amargas de la existencia, el príncipe no podía dejar de sentirse inquieto.

Siddharta decidió salir a pasear con su cochero, más allá de los extensos terrenos de los jardines de palacio y tuvo su primer encuentro con el dolor. En su primer paseo, casi atropellan a un anciano decrépito y moribundo, y el príncipe se encontró de repente con la vejez. En otro de sus paseos el príncipe encontró a un joven enfermo tirado en el camino y su cochero le informó que es propio de todo ser humano enfermar. El tercer paseo fuera de palacio le deparó la más inevitable, cruda, irreparable y cierta de las realidades. Se toparon con un cortejo fúnebre y Siddharta vio el cuerpo sin vida de un joven campesino. El joven está muerto, le dijo su cochero, y no volverá a caminar, ni a hablar ni a reír. Todos morimos, la muerte es para todos y no perdona a nadie. Siddharta se estremeció.

El monarca, empeñado en que su hijo fuera monarca universal, le había ocultado con eficacia la existencia terrena del dolor. Siddharta al encontrarse con una realidad tan cruel e inevitable quedó conmocionado y dándose cuenta que nadie puede escapar a tales horrores comenzó a desarrollar una nueva comprensión. En pocos días, se había topado con la enfermedad, la vejez y la muerte, los tres hechos más contundentes  y dolorosos de la existencia, a los que un día calificaría de “emisarios divinos”, porque nos ayudan a reflexionar, meditar, salir de la ignorancia y desarrollar sabiduría. Entre fiestas, lujos, placenteras concubinas y deleites sin fin, había consumido veintinueve años de su vida, ignorando realidades atroces, pero cuyo conocimiento y reflexión son necesarios. ¡Cuánto sufrimiento inevitable para las criaturas sintientes, que nacen, que viven, que mueren!

Al día siguiente, en otra de sus salidas al amanecer, el príncipe descubrió a un hombre en meditación debajo de un árbol. Aquel individuo exhalaba tanta serenidad que Siddharta pudo sentirla en su propio ser. Su cochero le contó que era un sannyasin, un renunciante que había cortado con sus vínculos familiares para hallarse a sí mismo. Su vida era la meditación, vivía de la caridad pública, su hogar es la tierra, y sólo se afana en encontrarse a sí mismo.  Lo ha dejado todo para hallarlo todo: la paz de la mente y la sabiduría del corazón.  Siddharta quedó prendado de la paz, imperturbabilidad y calma que emanaban de ese rostro.

El príncipe sabía ahora muy bien qué debía hacer. Transcurridas unas semanas, a pesar de la estricta vigilancia en el palacio, Siddharta pudo huir ayudado por su cochero. Abandonaba por fin el palacio, sus deberes principescos y su obligación de suceder al monarca. Dejaba la vida de laico para hacerse un sannyasin, un renunciante abocado a la búsqueda de lo Real. Adquirió tres túnicas anaranjadas, una escudilla y un cinto, se rasuró los cabellos en señal de renuncia, y despojándose de sus ropas de príncipe, se vistió con una de las túnicas.

Pidió a su cochero que regresara a palacio y pidiera que no le buscaran pues su decisión era tan firme que bajo ningún concepto renunciaría a ella

Tenía veintinueve años de edad, era obstinado, había conocido el sufrimiento y se empeñaba en descubrir su causa, y si era posible hallar un camino para ponerle término. Había dejado su hogar, el palacio, su mujer e hijo, y sus amigos y consejeros para poder dedicarse por entero a la superación del sufrimiento.

Siddharta, a partir de entonces, sólo comía una vez al día, sin pedir, mendigaba su comida esperando que se la proporcionasen libremente. Siguieron meses de  investigación, entrenamiento espiritual, indagación mística y prácticas yóguicas. Siddharta entró en contacto con maestros, mentores, yoguis y eremitas, y se incorporó a las filas de algunas comunidades espirituales. Bebió de muchas fuentes, sondeó en escuelas místicas y filosóficas, obtuvo conocimientos de numerosos caminos de trascendencia, y se ejercitó en técnicas para la pacificación de la mente.

Durante un tiempo, Siddharta se quedó con algunos maestros practicando métodos para la unificación de la consciencia y técnicas poderosas para la concentración mental.  En poco tiempo se entrenó en métodos para suprimir las ideaciones, silenciar la mente y hallar un estado de abstracción mental. Conquistó, entonces, las esferas de la vaciedad mental pudiendo  entrar en estado de absorción profunda. Con métodos yóguicos muy elaborados, Siddharta logró alcanzar la esfera de la percepción y de la no percepción, un estado de paz inconmovible.

Pero todo eso no era suficiente para  él, que buscaba no sólo la paz interior durante la meditación, sino la paz interior duradera de por vida, la liberación definitiva del sufrimiento.

Siddharta se despidió de sus maestros que ya no podían enseñarle más volviendo a degustar el amargo sabor de la separación de los seres queridos,  y continuó su camino errante, nómada por los caminos de la India.

¡Cuántos maestros había conocido! ¡Cuántas escuelas metafísicas! ¡Cuántos eremitas y renunciantes! Pero seguía sin conocer los orígenes del sufrimiento y menos aún cómo superar el mismo. Nadie a lo largo de la historia ha puesto tanto énfasis como el Buda en el sufrimiento, pero precisamente, con la intención de emerger de él. Así mismo, nadie investigó tanto en la propia mente y en la de los demás. Su indagación le llevo a comprender que la mente está llena de trabas que impiden la visión que conforta y libera.

Siddharta tomó la decisión de convertirse en su propio maestro y perseguir sin descanso las huellas de la sabiduría. Se estableció junto al río Nairanjana y lo que no había podido lograr con esos entrenamientos místicos, pretendía obtenerlo mediante extremadas penitencias de todo orden.  Así da comienzo una etapa de su vida marcada por las más crueles y despiadadas auto mortificaciones. Si sometiendo la mente no había logrado la meta, trataría de hacerlo ahora mediante el más implacable sometimiento del cuerpo: prolongados ayunos,  dolorosas penitencias y  un sueño restringido. Su cuerpo se iba degastando y avejentando pero no abría el ojo de su sabiduría. Con sus autos mortificaciones sólo conseguía embotar su mente y herir de gravedad su cuerpo, pero seguía sin poder purificar las raíces de su mente.

Cuando se percató lucidamente de ello se sintió estremecido. Siddharta había pasado del extremo del lujo y del desmesurado placer de los sentidos, al extremo de las más implacables auto mortificaciones y privaciones innecesarias.  Pero en esas vías no estaba la senda hacia lo Incondicionado, tan nocivo es el apego al deleite sensorial como al deleite ascético. Todo ello formaba parte de su búsqueda y de su destino: al haber conocido los extremos, comprendería la necesidad de seguir el camino del medio.

Decidió entonces reponerse físicamente y emprender, con entusiasmo renovado, la vía de la meditación. Tenía unos treinta y cinco años de edad y regresó a su soledad de antaño pero su visión había cambiado. Volvería al seguro y prometedor camino de la meditación.

Habían transcurrido seis años desde que abandonara palacio, años de estudio, investigación, prácticas meditacionales y rigurosas penitencias. Había mantenido una conducta impecable, había conocido a grandes maestros que le enseñaron a obtener sublimes estados de consciencia pero no había conseguido aprehender la sabiduría liberadora.

Una noche, sentado en postura meditativa bajo una higuera, Siddharta decidió no levantarse hasta haber alcanzado la suprema liberación, y emprendió su viaje interior hacia los más elevados y liberados estados de la consciencia. Recorre todos los grados posibles de absorción mental, unifica su consciencia y se establece en un estado de inquebrantable firmeza psíquica. A medida que avanza la noche, percibe clarividentemente las tres características básicas de la existencia: insatisfactoriedad, impermanencia e insustancialidad. Comprueba cómo los fenómenos ruedan y ruedan sin que haya en ellos una verdadera entidad personal.  Con visión cabal, esclarecedora y penetrante, entra en el modo final de ser de todos los fenómenos y percibe fuera y dentro de sí mismo la transitoriedad de lo condicionado.  Libera su mente de la ofuscación, la avidez y la aversión, y por fin aprehende la causa del sufrimiento y la vía para evitar todo dolor.  Si todo es impermanente, todo es insatisfactorio. Si hay apego, hay dolor. Si nada tiene sustancia, el ego es una ilusión mórbida y esclavizante. Había llegado a la meta de la Enseñanza o Dharma: el Nirvana. Ponía así término a toda su aflicción, pena, sufrimiento, apego y miedo. Se convirtió en un iluminado, en un buda.  Sentía una paz sublime y una prodigiosa ecuanimidad, el gozo indefinible de la emancipación total. Descubrió hiperconscientemente, que la enfermedad es el sufrimiento y que el origen del mismo es el anhelo o la “sed”, y que el dolor puede ser erradicado si se sigue el sendero adecuado. A través de la pureza de la mente había llegado a la pureza del corazón. Comprendió la necesidad de cultivar la genuina moralidad, el entrenamiento psicomental y el desarrollo de la Sabiduría para ganar el Nirvana.

Durante cuarenta y nueve días permaneció en un estado de sublimidad y de paz infinita, y después de esos cuarenta y nueve días, Buda sintió la necesidad de aliviar el sufrimiento de todos los seres humanos. La Enseñanza o Dharma, debía ser llevada a los otros, y explicada hasta donde fuera posible. Entendió que no todo es explicable y que el buscador no debe perderse en divagaciones o abstracciones metafísicas, sino ir a lo fundamental: la erradicación de la causa del sufrimiento mediante la vía de la purificación y el autoconocimiento. Para Buda el sufrimiento era una enfermedad, la vida acarrea dolor y nuestra mente ofuscada intensifica, recrea y potencia ese dolor.

Buda tomó la determinación de difundir el Dharma y durante cuarenta y cinco años se entregó incansablemente a propagar la Enseñanza peregrinando por el norte de la India. Muchos le siguieron y amaron, muchos le calumniaron e insultaron, pocos le entendieron realmente y menos aún hallaron el Nirvana.

Su doctrina fue considerada heterodoxa, es decir, que no se inspiraba en las fuentes védicas. Lejos de cualquier dogmatismo o superstición, mostraba un camino directo para superar el sufrimiento. Invitaba a la comprensión personal y nunca fomentó ningún tipo de culto a su persona, se limitó a mostrar la vía, insistiendo en la necesidad de cultivar la todopoderosa atención y esa energía de claridad, precisión y cordura que es la ecuanimidad. Invitaba al desapego, a la compasión y a la entrega. No se inclinaba por la Nada ni por el Todo.  Su propia iluminación le había hecho entender que lo que está más allá de lo condicionado, no es inteligible mediante la razón y se sale de toda posible especulación.

 Sus discípulos aumentaban y mendigando el alimento, los monjes recorrían aldeas, pueblos, ciudades impartiendo la Enseñanza. Su vida era simple, inocente, pura,  pero no sencilla. No practicaban la penitencia, extremo que el Buda rechazaba, pero era una vida de austeridad notable. Se comía una vez al día, se dormía escasamente y se dedicaban muchas horas a la meditación y a la propagación de la Enseñanza. Sin embargo, todos mantenían el ánimo firme y la alegría contagiosa y compartida.  Monarcas, príncipes, gobernantes y nobles, así como, mendigos y descastados, adoptaban la Buena Ley.  Hacían votos de no dañar a ser alguno, abstenerse de lo que no les fuera ofrecido, contener los placeres sensuales, evitar palabras injustas, no ingerir tóxicos obnubilantes de  la mente, no asistir a espectáculos mundanos y no aceptar ni oro ni plata.

Buda volvió a palacio, encontró a su padre, al que ayudó a morir enseñándole a meditar  y a obtener el Conocimiento directo y liberador. Se encontró con su bella esposa Yasodhara que envió a su hijo Rahula a que visitase al Buda, su padre. Rahula pidió al Bienaventurado recibir su tesoro y Buda explicó a su hijo el Dharma. Tenía diez años y Rahula entró como monje de la Orden.

Los tres Mensajeros Divinos  (enfermedad, vejez y muerte) no perdonan a nadie, y Buda lo sabía bien. Su padre encontró la muerte; sus discípulos y él mismo iban inexorablemente envejeciendo; y la enfermedad  había dado muerte también a muchos de sus camaradas y monjes. Nadie podía frenar el poder arrollador de los Mensajeros Divinos, que son causa de sufrimiento, pero también instrumentos hacia la mística, y por ello, deben utilizarse como objetos de meditación para superar el apego y la aversión.

El Buda iba sumando años, y a la edad de ochenta emprendió junto a su fiel discípulo Ananda  el que sería su último viaje, y él lo sabía. Después de la que sería su última comida, el Buda se acercó al río Kukuttha y se bañó. Luego se echó a descansar sobre el manto y adoptó la postura del  león. Permitió a sus discípulos realizarle preguntas, si aún albergaban alguna duda acerca del Buda, de la Doctrina, del Sendero o del método.  Les dijo: “Inherente a todo lo compuesto es que ha de descomponerse. Os exhorto a trabajar diligentemente por vuestra liberación”.  Después sus labios se callaron. Su mente recorrió las regiones más altas de la consciencia  y pasó por elevadas y lucidas absorciones, hasta que viajando más allá todavía, se extinguió apaciblemente.

 

 

II- LA ENSEÑANZA

         

LA SUPERACION DEL SUFRIMIENTO

 

Cuando Buda se iluminó, comprendió la realidad del sufrimiento. Entendió que hay un sufrimiento que muchas veces resulta inevitable y nos asalta a nuestro pesar. Nadie está exento de ese sufrimiento. Pero hay otro tipo de dolor evitable: el que engendra nuestra mente neurótica, reactiva, incapaz de enfocar con claridad los fenómenos y las situaciones, enraizada en el conflicto y la avidez, víctima de su propia ignorancia, y abocada a soportar el malestar y la pesadumbre. Ese sufrimiento que deriva de la ignorancia humana, sí es superable.

Buda propuso un camino para emerger de la ignorancia y liberar la mente de impedimentos. Ese camino es la Enseñanza, el  Dharma. La Enseñanza carece de dogmas, creencias preestablecidas y prejuicios religiosos. Uno debe convertirse en su propio maestro, en su propio guía y transformar la mente, superar las condicionantes y viejas estructuras, lograr la visión cabal, esclarecedora y profunda  que brota de una mente pura. La mente es la lámpara, y la consciencia, cuando se acrecienta y purifica reporta el conocimiento liberador. Cuando la consciencia se limpia de todo filtro es capaz de percibir lo Real, no sólo la realidad que se superpone ni la realidad psicológica que distorsiona la verdadera realidad.

Sólo una mente que habita en la inmediatez, con clara e imperturbada  consciencia, libre de condicionamientos, puede captar lo que se oculta tras las apariencias. Para obtener una mente así, hay que trabajar psicológicamente sobre uno mismo para ir erradicando todas las trabas que encadenan la mente ordinaria.

    

LAS TRABAS DE LA MENTE

 

Los tres grupos de trabas que encadenan la mente humana son:

-El grupo de las opiniones e ideologías a las que nos aferramos, sean falsas o no, y que nos embriagan de tal modo que, por ellas, podemos llegar a herir o matar a los otros. La constituyen todos esos puntos de vista personalistas, juicios y prejuicios, y todos aquellos conceptos narcisistas que embotan la mente y pueden sacar de nosotros lo más cruel y salvaje.

- El grupo de los venenos de la mente, los sentimientos y pensamientos basura: celos, avidez, aversión, miedos, odio, ira, envidia…Estas trabas se intensifican en el ser humano  debido al pensamiento confuso y malevolente que lo caracteriza.

- El grupo de los círculos o anillos sin cerrar (como los ha denominado Jacques Lacan) o asuntos pendientes (como se denominan en la Gestalt). Son las situaciones inacabadas o asignaturas pendientes, las frustraciones sin digerir, las conductas aprehendidas sin resolver mediante una elaboración consciente.

En conjunto, todas las trabas nos impiden hallar la fuente de bienestar interior y perturban la relación con nosotros mismos y con los demás. Empañan la visión y condicionan el comportamiento. Son sólidos modelos de conducta mental que hay que ir superando para recobrar la iluminada naturaleza original.

 

LAS RAICES DEL BIEN Y DEL MAL

 

Las tres raíces del Mal que anidan en la mente humana son la ignorancia o el autoengaño, la avidez y la aversión.  Toda mente humana está ofuscada, en una dimensión tan pobre, en una atmósfera tan enrarecida, que se crean miedos y paranoias.  Buda insistía en la necesidad de superar estas raíces tan poco provechosas para nosotros y para los demás. Invitaba a la moralidad genuina y a la meditación para neutralizarlas.

Las tres raíces del Bien son el autoconocimiento, la generosidad y la compasión.  Si fuéramos capaces de superar las raíces del mal y potenciar las del bienestar, cambiaria la faz de la tierra.

Buda halló un sendero y lo mostró a los demás.  Alentaba a sus discípulos en la necesidad de depender de uno mismo, y no de los otros, para la Liberación. Proclamaba que cada uno es responsable de lo que sucede en su mente. Podemos modificar y mejorar nuestra  propia historia psicológica.

Y este es el principio y fin de toda técnica de autorrealización y de toda terapia: modificar para mejorar; poner medios y condiciones para recuperar la libertad interior. Para Buda hay una fuerza de destino que nos condiciona, pero que podemos variar y cambiar.

Buda insistía en la necesidad de despertar. El sueño profundo en el que vive la consciencia genera sufrimiento sobre sufrimiento. Hay un dolor inherente a la vida, pero también hay un dolor provocado por la estrechez mental y por el anquilosamiento emocional del ser humano. 

Existen vías hacia lo que está más allá del sufrimiento, y trabajando sobre sí mismo, Buda halló una de ellas. Cada uno es el responsable de su propio pensar y proceder.

 

 

LAS CUATRO NOBLES VERDADES

 

El núcleo de la Enseñanza de Buda lo configuran las Cuatro Nobles Verdades. Sobre este núcleo    se arma su doctrina y sus métodos.

 

La Primera Noble Verdad: el Sufrimiento

 

La Primera Verdad es la del sufrimiento. ¿Quién no se encuentra con el sufrimiento?

Hay sufrimiento porque hay nacimiento, vejez, muerte, separación de seres queridos, circunstancias adversas, enfermedad, transitoriedad, y en suma, sensaciones dolorosas y desagradables.

Buda insistió en que hay sufrimiento porque hay placer. Placer y dolor son los dos aspectos de la naturaleza, los polos opuestos. El ser humano no ha aprendido a relacionarse con ninguno de ellos, porque se aferra al placer, generando una avidez desmedida, y rechaza el dolor inevitable, añadiendo sufrimiento al sufrimiento. Por eso, Buda indagó hasta límites increíbles en la sensación, porque sabía que ésta condiciona toda nuestra vida. Además de las cinco sensaciones físicas, hay una sexta: la mental.

Todos los seres sintientes buscan sensaciones agradables y detestan las desagradables. Esta tendencia toma una fuerza arrolladora en el ser humano, pues en él están fomentadas y recreadas por el pensamiento. El hombre tiene una mente neurótica y muy reactiva y mientras no desarrolle un equilibrio superior, reacciona desorbitada y anómalamente tanto al placer como al dolor; a las sensaciones agradables como a las desagradables. Las reactividades mentales desmesuradas intensifican el sufrimiento, añaden dolor al dolor. El sufrimiento es inherente a la vida, pero el ser humano lo intensifica con su mente conflictiva, desapacible y confusa. El sufrimiento comienza en la propia mente del ser humano, que engendra continuo dolor.

Cuando surge la sensación agradable se experimenta placer, pero al ser humano no le basta con disfrutarlo y comienza a aferrarse a esa sensación agradable o placer, el cual genera mucha avidez, dependencia  mórbida y ansiedad. La avidez es uno de los signos más inherentes a la mente humana. Y por el contrario, cuando la sensación es dolorosa surge el sufrimiento.  Al ser humano no le basta con el dolor, sino que reacciona generando mucho más sufrimiento en su interior, añadiendo sufrimiento al sufrimiento.

También hay sensaciones neutras, que no son ni placenteras ni dolorosas, y éstas terminan por causarnos embotamiento y tedio. 

La mente humana se mueve así en los estrechos parámetros de la avidez y la aversión.

Como nuestra actitud no es la adecuada, hasta el placer nos produce a menudo dolor, porque queremos repetirlo, intensificarlo, hacerlo permanente y no perderlo jamás. Se desencadena entonces la demanda neurótica de seguridad y de dependencia mórbida.

Buda comprendió con lucidez hasta qué punto el ser humano está condicionado por la sensación y cómo es posible viajar a otra dimensión mental en la medida en que uno desarrolla la atención pura y la ecuanimidad. Una mente que se haya establecido en la atención altamente desarrollada y en la firme ecuanimidad, se enfrentará al dolor de una manera diferente, no generará sufrimiento inútil y neurótico.

Buda diagnosticó que el sufrimiento siempre existirá. La razón es que todo es transitorio y efímero, y el sufrimiento surge cuando hay apego o aferramiento. Todo lo que nace muere; todo lo compuesto se descompone.

Pero Buda sabía que es posible atravesar el sufrimiento, y que para ello era necesario desarrollar una visión muy clara de los hechos; una visión consciente de la realidad del dolor. Sabía que  sólo mediante una radical mutación interior se podían superar autoengaños, escapismos y excusas, para poder ir más allá del sufrimiento ordinario. Hay que hacer sobre uno mismo un trabajo tal que permita superar las viejas estructuras de la mente.  Se requiere cultivar la atención esclarecida y conquistar la energía de la ecuanimidad para que se produzca una apreciación muy diferente de los acontecimientos, y una reacción aneurotizada de las sensaciones.

¡Cuánto sufrimos por no querer sufrir! El sufrimiento es una enfermedad y según nos manejemos con ella, podremos aliviarla o intensificarla.

 

La Segunda Noble Verdad: la Causa

 

Buda formuló la Segunda Noble Verdad, que es la de que el sufrimiento tiene una causa.

Halló que la razón del sufrimiento es la avidez, la codicia, el ansia, el aferramiento, el anhelo desmedido, la “sed”. Es en suma, la voracidad egocéntrica que convierte al ser humano en un animal extraordinariamente agresivo y peligroso, haciéndolo corrupto, avaro, desleal, e insaciable.  Tal insaciabilidad sin límites es la causa del sufrimiento.  Ese apego y avidez  es el origen del sufrimiento.

Una cosa es el deseo y otra es la pulsión. El ser humano es pulsional y compulsivo, sus actitudes son tan egocéntricas que trata siempre de incrementar, coleccionar, poseer y retener. No sabe soltar; no sabe desapegarse; no sabe liberar. A mayor apego, mayor sufrimiento; a mayor aferramiento más miedo a perder, más incertidumbre, más dependencia mórbida, más dolor.

La “sed” pervierte el discernimiento, distorsiona la visión. No sólo la “sed” de objetos externos, sino la avidez y aferramiento a las ideas, a los puntos de vista, al poder, al ego.

La falsa autoestima, la arrogancia y la vanidad, la auto importancia y soberbia, son modos de la avidez. Pero cuando uno desarrolla la visión profunda (Vipassana) y entiende que todo es efímero y transitorio, el apego cede y esa voracidad desmedida va perdiendo fuerza.

Buda desenmascaró todos los autoengaños y falacias del ser humano, e invitaba a trabajar sobre uno mismo sin tregua y a meditar para que se drenase la “infección” de la psique.

El ego es el fantasma sediento e insatisfecho, y debe ser desmantelado. Sólo purificando el ego y liberándose del sentido del Yo (que genera tanto aferramiento y afán de posesividad), puede una persona lograr dar el gran salto hacia la mente iluminada. Pero para ver lo que está más allá de las apariencias y del ego, se requiere una transformación radical y un giro espectacular de la mente, tienen que caer los viejos patrones de conducta mental.

 

La Tercera Noble Verdad: la Aniquilación del Sufrimiento

 

La Tercera Noble Verdad es que el sufrimiento puede ser aniquilado.

Buda mostró el camino para dejar, en sus justos términos, el sufrimiento y el placer, para poder ser algo más que una marioneta en los poderosos hilos del dolor.

¿Hay un estado de la mente donde puede cesar la voracidad y se puede poner término al sufrimiento? ¿Hay una dimensión de la psique donde sea posible instalarse más allá de la “sed” y  situarse equilibradamente entre el placer y el dolor?

Si la avidez y el aferramiento son las causas del sufrimiento, habrá que entrenarse en el desapego para atravesar el fantasma del sufrimiento. Aniquilando la avidez, se pone fin al sufrimiento; si remite la “sed”, cede el dolor. Pero la avidez está tan enraizada en la mente humana que se requiere una estrategia sabia y minuciosa para erradicarla: la psicología budista dispone de métodos eficaces de transformación, y de toda una praxis para transformar la mente y abrir el corazón.

Buda aseguró que la Enseñanza es el maestro, el vehículo para pasar de la orilla de la ignorancia a la del conocimiento.  Insistía en la necesidad de la auto vigilancia y la pureza, del conocimiento directo y vivencial y del discernimiento esclarecido.

Si el sufrimiento deviene por la avidez y esta avidez puede superarse, se pondrá término al sufrimiento. Para el Buda, al alcanzarse la liberación definitiva, se ponía término a la rueda de renacimientos y se emergía para siempre del samsara  (el universo fenoménico, la existencia como tal). Sin apego, no hay devenir. Cuando la purificación de la mente es total y la compasión mana del corazón, se experimenta la paz y la sublimidad que es el Nirvana o     liberación definitiva. Se aniquilan la ofuscación, el apego y el odio, y la mente recobra su naturaleza búdica o iluminada.

Para obtener esta comprensión cabal fue necesario un inmenso trabajo sobre sí mismo. Sólo después de haber drenado todos los condicionamientos de su mente y haber desencadenado la visión liberadora (Vipassana), pudo entender una Realidad que está más allá de la realidad ordinaria.

Buda habló del sufrimiento, su causa, la posibilidad de extinguirlo y proporcionó una enseñanza terapéutica para emerger de la masa del dolor.

La praxis liberadora y la vía de la purificación se hallan en la Cuarta Noble Verdad: La Noble Verdad del Sendero que conduce a la cesación del sufrimiento.

 

La Cuarta Noble Verdad: el Sendero

 

Buda insistía en la necesidad de relacionarnos con lo inmediato. Todo es transitorio, efímero; el ego es sólo provisional. Pero en la realidad del momento se pueden poner los medios para hallar la vía hacia la Liberación, hacia la extinción del sufrimiento.

El Noble Óctuple Sendero es el vehículo capaz  de desplazarnos del embotamiento esclavizador a la lucidez liberatoria, de la ignorancia a la Sabiduría.

 

 

 

EL NOBLE ÓCTUPLE SENDERO

 

El Noble Óctuple Sendero ha sido denominado el sendero directo hacia la liberación y todas las ramas budistas lo consideran lo más nuclear de la Doctrina. Después de más de dos mil quinientos años, sigue siendo incuestionablemente transformador.

Más allá de cualquier creencia religiosa o metafísica, esta vía es válida para cualquier persona, agnóstica o creyente, sin importar cuales son las creencias sobre el alma, el renacimiento, la eternidad o no eternidad, la existencia de un ser supremo o nuestra propia existencia; a todos beneficia porque se basa en la denominada Triple Disciplina: genuina moralidad, entrenamiento mental y desarrollo de la Sabiduría.

La genuina moralidad consiste en poner los medios para no dañar a ningún ser sintiente y proporcionar felicidad a otros. La genuina moralidad es la conducta impecable, la compasión y la benevolencia. Buda recomienda también cultivar siempre que fuera posible las Santas Moradas o Estados Sublimes: benevolencia, amor, ecuanimidad y alegría altruista.  También insistía en la necesidad de fomentar los llamados siete factores de iluminación: la atención, la indagación de la realidad, la energía, el gozo, el sosiego, la concentración y la ecuanimidad.  Por el contrario, es necesario aprender a superar las cinco ataduras: la ilusión de tener un Yo, la duda escéptica o sistemática, el apego a ritos y ceremonias, la concupiscencia y la malevolencia.

El entrenamiento mental consiste en el cultivo adecuado de la mente para poder mejorarla, purificarla, eliminar los condicionamientos mentales y desarrollar la Sabiduría.

Los ocho factores que conforman el Noble Óctuple Sendero son:

 

-La recta comprensión o (visión correcta) es un modo lúcido de entender la naturaleza misma. Discernir lo que es favorable y desfavorable para la evolución interna, saber que hay que superar obstáculos y contaminaciones mentales, cultivar las actitudes y actos positivos, poner en práctica las Cuatro Nobles Verdades, evitar actos nocivos (físicos, de palabra o mente) y fomentar los  provechosos. La recta comprensión nos permite evitar lo trivial y superfluo al razonar y al hablar, no enredarse en acrobacias metafísicas innecesarias, percatarse de lo más esencial para mejorar y ponerlo en práctica, desarrollar enfoques claros y no dejarse atrapar por la madeja de opiniones y conceptos. Consiste en comprender, asimismo, la necesidad de superar el apego, el odio, la ofuscación y otras trabas. La recta comprensión nos permite preparar la mente para que pueda ver los fenómenos tal cual son, surgiendo y desvaneciéndose, sin falsas interpretaciones, a través de la experiencia y no de la idea u opinión. Es una óptima capacidad de discriminación y de entendimiento purificado; y ante todo, no es mera y simple comprensión intelectual. Sólo en la medida en que se libera la mente de los condicionantes modelos de conducta mental y de negatividades, se obtiene la comprensión real y profunda. Y sólo una comprensión tal, modifica y libera.

 

-El recto modo de pensar  o (pensamiento correcto) no es fácil de conseguir. Todos somos zarandeados por nuestros pensamientos, que muchas veces son reacciones en la superficie de nuestra mente, del caos y confusión que hay en el trasfondo. Nuestro pensamiento, además, está contaminado por la avidez, el odio, la ira, los celos, el egotismo, y otros venenos. Un pensamiento tal no hace otra cosa que confundir y generar tensiones, y al no estar controlado y purificado, está sometido a la crueldad y a la malevolencia. Buda, que investigó como nadie en la mente humana, invitaba a poner los todos los medios posibles para cambiar el signo del pensamiento, renunciando a los pensamientos malévolos, egoístas y crueles y, por el contrario, cultivando pensamientos y actitudes positivas. Según controlemos el pensamiento y según pensemos, así seremos. Debe ensayarse el pensamiento clarificado, preciso y libre de ignorancia.

 

-Las rectas palabras o (habla correcta) son aquellas que están libres de mentira, engaño, censura gratuita, calumnia, difamación, ofensa, insulto, chismes, superficialidad y grosería. Las restas palabras son las amables, corteses, precisas, veraces y capaces de sembrar unión, concordia, afecto y fraternidad.

 

-La recta acción o (acción correcta) es la conducta noble y limpia, el comportamiento laudable, el proceder impecable. Es provocada por la compasión, la benevolencia, el afán de cooperación, el deseo de ayudar y de evitar cualquier daño al ser sintiente, la tolerancia, la alegría y la benevolencia.

 

- Los rectos medios de vida o (medio de vida correcto) son aquellos que nos permiten vivir sin perjudicar a los demás. Según el Buda, hay que evitar cualquier ocupación que tenga que ver con el ejercicio de las armas, el comercio de seres vivientes, la carne, las bebidas embriagadoras y las drogas. El recto sustentamiento debe ir acompañado de una mentalidad noble e incorrupta.

 

- El recto esfuerzo o (esfuerzo correcto)  es necesario para mejorar y seguir la vía de la purificación y el desarrollo de la Sabiduría. Sin esfuerzo ningún progreso es posible. En la Enseñanza se hace referencia a cuatro clases de esfuerzo: el esfuerzo por impedir que se produzcan en uno mismo actitudes y estados malos y perjudiciales, sin desfallecer y con auto vigilancia, no permitiendo que la codicia, el odio y la ofuscación emboten la mente; el esfuerzo por alejar los estados negativos y las actitudes perjudiciales de uno mismo, expulsando la malevolencia, el sentimiento de crueldad, la ira y el apego; el esfuerzo por suscitar en uno mismo las actitudes positivas y beneficiosas de las que uno está carente, cultivándolas, pensando provechosamente y actuando con mucho ánimo, energía y sin desfallecer; y el esfuerzo por fomentar y desarrollar los buenos estados y actitudes beneficiosas y nobles.

Buda exhortaba a la firme determinación y a la auto vigilancia pues la negligencia es el mayor enemigo. Se requiere una inquebrantable resolución para mutar la psique y crecer interiormente. Sólo a través del esfuerzo es posible hacerlo, y no mediante la simple experiencia o la edad.

Los dos últimos factores del Sendero, la recta atención y la recta concentración, merecen un apartado entero para ellos solos, pues la Enseñanza del Buda es la vía de la atención y la auto vigilancia, y ninguno de los factores del Noble Óctuple Sendero puede irse conquistando sin una rigurosa atención. 

Mediante la atención y concentración, que facilitan el cultivo de la mente y su desarrollo, se desencadena la Sabiduría liberadora que nos permite acceder al Nirvana.  También a través de estos factores, será posible desarrollar la psique lo suficiente, y lograr la visión cabal (Vipassana) que hará posible la comprensión iluminadora de las tres características básicas de la existencia, y que según Buda son: la impermanencia o transitoriedad, el sufrimiento o la insatisfactoriedad, y la ayoidad o insustancialidad.

 

 

EL CULTIVO DE LA ATENCIÓN Y LA CONCENTRACIÓN

 

La recta atención o (atención correcta) es el séptimo factor del Noble Óctuple Sendero. Representa el método por excelencia para la purificación de la mente y la superación de todos los condicionamientos subliminales.

La atención consciente, purificada e intensificada, permite ver más allá de lo aparente y captar el trasfondo de todo lo existente. La atención desarrollada en su grado más alto y asociada a la firme ecuanimidad, permite desarrollar la visión cabal o Sabiduría. De ahí que existan numerosos métodos en la psicología budista para esclarecer, despertar y purificar la atención, que debe quedar libre de juicios y de prejuicios.

Buda en El Sermón  de los Fundamentos de la Atención, da minuciosas instrucciones sobre los cuatro fundamentos de la atención, que son las cuatro contemplaciones: la del cuerpo, la de las sensaciones, la de la mente y la de los objetos de la mente. Es decir, los propios agregados constitutivos (la unidad psicosomática) se utilizan como soporte para el desarrollo, y metódico entrenamiento de la atención.  Mediante este preciso y elaborado método de ejercitamiento la  mente va recobrando el desapego y la visión clara.

La atención se dirige hacia el cuerpo, las sensaciones, la mente o los objetos de la mente. El meditador toma consciencia lúcida, pura y arreactiva de los procesos observados. No aprueba ni desaprueba, no interpreta, no analiza, tan sólo permanece como perceptor ecuánime de lo contemplado. Mediante este tipo de meditación se aprende a ver en lo profundo de los fenómenos que surgen y se desvanecen, y se rescata una visión inhabitual de la existencia. Pero la atención no sólo se ejercita a través de la práctica meditacional, sino que incorpora la atención despierta a la vida cotidiana y sus actividades. Cualquier actividad se utiliza para entrenar la atención y la ecuanimidad.

Para adiestrarse en la atención hay que mantener el pensamiento contenido y la consciencia en la inmediatez; se vive mentalmente de momento en momento, en el aquí-ahora, en el eterno presente. De este modo, la mente rompe con sus estructuras ordinarias de resistencias y escapismos, y se abre a la realidad instantánea.  La atención despierta hace posible la verdadera auto vigilancia, y ésta, permite conocer la mente, hablar con consciencia, proceder lúcidamente y penetrar esa red de auto engaños que todos hemos tejido y que nos impide recobrar nuestra naturaleza real. La atención es como un diamante en bruto que se puede pulir y abrillantar, y que nos permite conectar con la inmediatez. Ese puro percibir y darse cuenta de instante en instante posibilita la renovación de la mente a cada momento y además, hace posible el control de los pensamientos, la vigilancia, la auto vigilancia y el autoconocimiento.

Buda confería a la atención despierta la capacidad de modificar las tendencias de la mente; comprendió que la atención mental es la herramienta imprescindible para emerger de la ignorancia, la mecanicidad y la ilusión. La atención es el custodio de la mente. Sin la atención, en la mente se recrean y se auto propulsan  (ad infinitum debido a las reactividades) la codicia, el odio y la ofuscación.

Todo el sendero propuesto por el Buda apunta hacia esa purificación mental que devendrá en un conocimiento directo de los fenómenos, y subsiguientemente en la paz inmensa del Nirvana. Claro que esta transformación alquímica interior no puede conquistarse sin esfuerzo, y hay que recurrir, necesariamente, al elemento más poderoso de la mente humana: la atención.

 

La recta concentración o (concentración correcta) es el octavo factor del Noble Óctuple Sendero.

La concentración consiste en recoger la mente en un solo objeto con absoluta exclusión de todo lo demás. Y la meditación es el método por excelencia para potenciar la concentración. Cuando la recta concentración es conquistada, la mente accede a planos muy elevados y se suceden comprensiones intuitivas y profundas que modifican la psique y el carácter. Sobrevienen, entonces, experiencias y vivencias como golpes de luz que purifican y abren el entendimiento, y modifican los modelos ordinarios de conducta mental. Mediante el asiduo ejercitamiento en la concentración se van ganando estados mentales sucesivos de intensa absorción o abstracción.  Estos estados mentales de absorción limitan y purifican el ego, reducen el apego, combaten la avidez y la aversión, proporcionan inmensa paz interior y plenitud, refrenan las propensiones nocivas, incrementan la energía y proporcionan higiene a las confusas profundidades de la mente.

Tales estados de absorción (denominados por el budismo jhanas o dyanas) admiten grados de intensidad muy diversos. Con la práctica se van obteniendo absorciones más profundas e intensas, y por tanto, más liberadoras y modificadoras, proporcionando comprensión, calma profunda  y bienestar. Tales estados, según el Buda, son de gran ayuda para purificarse, mejorar el nivel de atención, limpiar la mente, superar el egotismo, recobrar la quietud profunda y desarrollar el entendimiento, pero no son de por sí suficientes para alcanzar el Nirvana ni para erradicar totalmente las raíces negativas más profundas de la mente humana. Para poder desenraizar y quemar esas raíces más profundas (impulsos y condicionamientos mentales o impulsos subliminales) es necesaria la visión liberadora o Sabiduría, que cambia por completo la organización psíquica. Precisamente por eso, como veremos más adelante, en el budismo hay dos tipos de meditación: la meditación de concentración, que cultiva y proporciona los jhanas o estados de abstracción, y la meditación de visión cabal (Vipassana), que desarrolla en alto grado la visión lúcida para penetrar los hechos como son.

Los estados de absorción proporcionan un conocimiento más puro e intuitivo y fuerzan a la mente a modificar su eje y emerger de sus condicionantes hábitos coagulados, pero no bastan para lograr la transformación radical que permite la experiencia nirvánica. 

Cuatro son los jhanas o absorciones básicas:

- El primer jhana refrena los estímulos sensoriales y neutraliza las reacciones internas a los mismos, sumiendo la mente en un estado de serenidad, más allá del ego y del apego, que produce alegría. Se da una unidireccionalidad mental sobre el objeto seleccionado para la concentración, aunque no se superan totalmente los discursos mentales y los conceptos. Hay auto confianza, alegría, buena concentración pero persiste la deliberación. Esta absorción se define por el estado de alegría.

- El segundo jhana intensifica el estado de quietud y de concentración. La mente obtiene mayor pureza y estabilidad; ya no analiza, ni reflexiona, ni delibera. Mente y cuerpo están enormemente serenos, y brota la compasión, por la cual se caracteriza esta absorción.

- El tercer jhana permite un estado mental de enorme quietud y ecuanimidad, desapego y desapasionamiento, imperturbabilidad y lucidez. La calma es total; la atención plena. Esta absorción se caracteriza por la ecuanimidad.

- El cuarto jhana supera todas las estructuras ordinarias de la mente; traslada al sujeto más allá del goce o del dolor. Se produce una ecuanimidad absoluta. El ego queda totalmente liberado y el ánimo permanece en una imperturbable estabilidad. Nada puede perturbar en este jhana. Se está más allá de lo sensorial y del propio subconsciente. Es la contemplación más elevada y pura. Se caracteriza por ser el de más alto nivel de contemplación e inafectación.

Estos estados de absorción drenan la mente en profundidad, la reposan y la ordenan.

Además de los cuatro jhanas, existen otros cuatro estados de absorción más intensos y que también el Buda conoció de modo empírico. Son los arupas o adquisiciones. Los arupas conducen al universo sin forma, a la vacuidad. Son estados tan elevados que escapan a toda descripción. Proporcionan experiencias de la infinitud del espacio, de la infinitud de la consciencia universal, de la infinitud de la vacuidad y de lo que está más allá de todo ello, saltando fuera de toda organización psicosomática y de todos los códigos evolutivos de la especie.

 

El Noble Óctuple Sendero es la estrategia para superar la ignorancia, transformar la mente y poder obtener la experiencia nirvánica. Buda propuso este Sendero como una vía directa hacia la Liberación o Nirvana, seguro de su excepcional eficacia por haberla recorrido él mismo. Lúcido y ecuánime, contento en sí mismo, exhalando compasión, exhortaba a la libertad interior, sin dejar de apelar a la inteligencia clara y al corazón generoso. Durante cuarenta y cinco años no cejó en su empeño de propagar la Enseñanza y ofrecer a los seres humanos la medicina para aliviar e incluso superar el sufrimiento. 

 

 

 

LA LEY DEL KARMA Y EL NIRVANA

 

El Nirvana es la cesación de todo sufrimiento; es un estado de liberación total de la mente y de ausencia de todo apego, miedo y ofuscación; es la inquebrantable quietud del que nada ansía y nada teme, la sublimidad sin límites. Y desde el enfoque budista, el que lo obtiene es un iluminado que ha conseguido sustraerse a la rueda de los sucesivos renacimientos.

De la tradición ancestral de la India, Buda adoptó la ley del karma, pero no la teoría de la reencarnación, sino la del renacimiento.  Dado que para Buda no hay un ser fijo o un Yo permanente, no existe, por tanto, una entidad espiritual que vaya tomando cuerpo tras cuerpo. No hay nada fijo que se reencarne, pero sí acumulaciones mentales e impulsos subliminales que van pasando de uno a otro ser hasta que, mediante la liberación definitiva, ese flujo se sustrae a toda existencia ulterior. Renacen los impulsos y renacen todas las fuerzas y anhelos que ansían proseguir, debido a su propia voluntad de perpetuarse. Cuando sobreviene la muerte, los cinco agregados (el cuerpo o materia, las sensaciones, las percepciones, las formaciones mentales y el sentido de consciencia) se disuelven, pero el impulso de existencia, la sed ciega de manifestación toma otros agregados. En tanto no se obtiene el Nirvana, estos cinco elementos están sometidos al sufrimiento inevitable, y son víctimas de la enfermedad, la decadencia, la vejez y la muerte. El anhelo desorbitado es la potencia que impulsa el renacimiento. Sólo cuando se alcanza el Nirvana, que pone fin a toda aflicción, apego y miedo, se extingue todo impulso de renacer.

Hay una ley universal de causa y efecto, acción y reacción. Tal ley es el karma. Pero ese karma es también voluntad y deseo, lo que siempre deviene en futuros efectos. Y todo pensamiento, palabra o acción engendra su propio efecto, su karma correspondiente, que será recibido en esta vida o en sucesivas. La ley del karma es por tanto una distribución equilibrada, y no hay que entenderla como un destino implacable, puesto que cada uno hace su propio karma. Por eso Buda apelaba a la inteligencia del individuo e insistía en su responsabilidad, asegurando que todo acto arroja su fruto. De tal modo que sólo una conducta (en pensamiento, palabra y acciones) impecable evita un karma negativo. Según la ley inexorable del karma todos los residuos dinámicos (impresiones subliminales o impulsos que condicionan los modelos de conducta mental y los comportamientos, en tanto no se agota su energía) son transmitidos de una a otra existencia. Traemos pues, un karma, pero éste se va haciendo de momento en momento, en mente y en palabra y obra. Pero cuando actuamos sin egotismo y con ecuanimidad, nos vamos liberando de la carga negativa de karma y vamos hallando la libertad interior. 

La persona es un conjunto de los cinco agregados que lo componen, que constituyen una “personalidad” tan provisional como circunstancial, un flujo o continuum de procesos físicos y mentales; este flujo está regulado por la inexorable ley del karma, creado por la avidez o “sed”. Según el budismo, la kármica unión de los agregados hace creer a la persona que dispone de una entidad personal, pero el ego es provisional. El apego y la aversión (que es un apego invertido) es lo que origina karma. No se engendra karma si surgen sensaciones o percepciones y no se reacciona a ellas con apego o aversión, sino que por el contrario, se obtiene purificación. Por esta razón la meditación budista exige un estado mental de atención y ecuanimidad, permitiendo que los agregados operen por sí mismos, pero sin reaccionar ante el mundo con apego o aversión.

Los agregados cuando están unidos, viven, sienten y piensan, y cuando llega la muerte se disgregan. Nada es estático y todo es relativo. Así se habla de vacuidad o insustancialidad, puesto que nada permanece. Y todo es condicionado o condicionante. Sólo el Nirvana está más allá de todo condicionamiento; más allá de la rueda de causas y efectos; más allá de todo fenómeno condicionado e interdependiente.

Es la ignorancia la que pone en marcha la rueda de causa y efecto a la que estamos sometidos hasta que hallemos la Liberación definitiva. Tal ignorancia consiste en el desconocimiento de la existencia tal cual es, de nosotros mismos y de la Realidad. Y su acción provoca en el ser humano distorsión, ilusión y error existencial y vivencial. De hecho, a causa de la ignorancia, que no nos permite ver los fenómenos como son, generamos apego y aversión, y engendramos sufrimiento. La ignorancia genera a su vez las actividades y acciones (mentales, verbales, físicas), que, ejecutadas con egotismo, generan karma. De modo que la ignorancia es causa remota de que la fuerza de existencia se perpetúe con el renacimiento.

Sólo el Nirvana (que significa “apagar”) pone término  a todas las ataduras mentales y existenciales; representa la cesación del apego y del proceso de devenir o continuidad. Es una experiencia sobre la que apenas se puede decir nada con el lenguaje, puesto que está más allá del tiempo, del espacio y de lo condicionado. Pero supone la liberación definitiva, el gozo profundo, la paz total, la sublimidad y más alta felicidad. Es la iluminación total.

Aquel que obtiene el Nirvana es un iluminado; ha acabado el recorrido, ha hecho lo que tenía que hacer, ha liberado la mente de toda contaminación, tiene el corazón saturado de compasión, nadie puede quebrar su ecuanimidad, ha puesto fin a todo miedo, aferramiento o dolor; ha ido más allá del nacimiento y de la vejez. Para aquel que ha obtenido el Nirvana, toda ilusión, distorsión e ignorancia se acaban. La ilusión existencial que era el resultado de una mente ofuscada llega a su fin.

Para liberar la mente de los cinco impedimentos (avidez, malevolencia, pereza, desasosiego y duda escéptica), cultivar las perfecciones y superar todas las trabas, se requiere no sólo una conducta adecuada, sino la práctica meditacional que es el procedimiento esencial para purificar la mente y hacerla merecedora del Nirvana. El Buda obtuvo su propia Liberación definitiva a través de la meditación.

La meditación es la práctica para encender la propia lámpara interior, y gracias a ella se desencadena la Sabiduría liberadora. Los factores séptimo y octavo del Noble Óctuple Sendero son las bases de la meditación. Buda mostró la técnica minuciosa y exhortaba a sus discípulos a meditar con regularidad.

 

III- LA MEDITACIÓN BUDISTA

 

La meditación era conocida en la India desde tiempos inmemoriales y utilizada como vehículo para conducir la mente más allá del mero conocimiento racional, acrecentar la consciencia, serenar la mente y recuperar su ángulo de quietud e imperturbabilidad.

Buda obtuvo todos los conocimientos posibles sobre la tradición mística de su época; exploró y practicó muchas de estas técnicas de transformación y mejoramiento mental. Sabía que sin la purificación de la mente no podía conquistarse la Sabiduría capaz de liberar. En consecuencia, los tres últimos factores del Noble Óctuple Sendero (el Recto Esfuerzo, la Recta Atención y la Recta Concentración) se ocupan del adecuado entrenamiento de la mente. El entrenamiento es necesario, pues si la mente está ofuscada no puede ver con claridad.

Buda trabajó incansablemente la meditación, y fue elaborando y experimentando las formas de meditación que él sentía y comprendía como las más eficaces. Así, hay que decir que la meditación budista es una de las mejores estructuradas y convenientes para cualquier persona, cualesquiera sean sus creencias.

 

Los principales textos en los que el Buda describe las técnicas de meditación que le permitieron alcanzar la iluminación son el Anapanasati Sutta y el Satipatthana Sutta. En ellos vemos que son, principalmente, dos técnicas de meditación, combinadas entre sí:

 

1) Samatha (o samadhi) que representa la práctica de la purificación de la mente-corazón (citta), la calma mental, la unificación de la mente (concentración) y las Absorciones (jhanas).

La meditación Samatha está descrita en las etapas 1 a 12 del  Anapanasati Sutta  y en la "Contemplación del cuerpo (kaya)", la "Contemplación de las sensaciones (vedana)" y la "Contemplación de la mente (citta)", del  Satipatthana Sutta.

 

2) Vipassana es la contemplación del  Dhamma (la Ley, la Naturaleza) y en particular de las Tres Características Fundamentales de la Existencia, en cualquier fenómeno (corporal, mental...):

. Anicca: la impermanencia de todo lo condicionado.

. Dukkha: la incapacidad de satisfacernos durablemente de todo lo condicionado.

. Anatta: la ausencia de entidades separadas, tanto en lo condicionado, como en lo incondicionado.

 

La meditación Vipassana está descrita en las etapas 13 a 16 del  Anapanasati Sutta y en la "Contemplación del Dhamma (verdad última) del  Satipatthana Sutta.  

 

Se considera que los métodos derivados de Samatha sirven normalmente para preceder y preparar las meditaciones Vipassana, si bien ambas se complementan y enriquecen mutuamente.

 

 

LA MEDITACIÓN DE CONCENTRACIÓN Y TRANQUILIDAD. SAMATHA   

 

La mente está dividida, fragmentada, llena de agitación y desasosiego, y alimenta continuamente al conflicto y a la ansiedad. Una mente agitada no puede ver las cosas como son.  Nuestro estado mental normal podría compararse con agua turbulenta y llena de lodo, tan contaminada por la suciedad que no deja pasar la luz. La Meditación Samatha calma la turbulencia de la mente y permite que se asiente el lodo, de tal forma que el agua alcance transparencia, brillantez y claridad.

La Meditación de Concentración tiene como propósito la total tranquilización mental, su concentración y abstracción. Su práctica hace posibles distintos grados de absorción (ya mencionados anteriormente).  Esta meditación permite unificar y estabilizar la mente.

La mayoría de las técnicas de Meditación Samatha utilizan un objeto de concentración, que puede ser el proceso de la respiración, un disco de color, la llama de una vela, incluso un mantra o una emoción positiva tal como el amor Universal. De todos éstos diferentes objetos probablemente el que más se usa es la respiración. Esta práctica, generalmente conocida como “el seguimiento de la respiración” (Anapana-sati), es descrita por el Buda con detalle en los escritos tempranos y se usa, con variaciones, en la mayoría de las escuelas budistas.   

 

- El seguimiento de la respiración (Anapana-sati)    

 

 Anapana-sati o atención a la respiración es una de las técnicas más fabulosas para calmar los procesos físicos y mentales y desarrollar en alto grado la atención. Esta técnica se compone de 16 etapas, divididas en 4 grupos de cuatro etapas que estudian sucesivamente: el cuerpo, las sensaciones, la mente y el “Dhamma” o verdad última. Consiste en fijar la mente en las aletas de la nariz y concentrarse en el leve roce (sensación táctil de la respiración) que el aire produce con la inhalación y la exhalación. Seguimos el trayecto del aire desde la punta de la nariz hasta el ombligo, y del ombligo hasta la punta de la nariz, sintiendo el contacto del aire en las diversas partes del cuerpo. Y tomamos consciencia de las pausas que marca la respiración después de la inspiración y de la expiración.  Hay que irse absorbiendo tanto como sea posible en la sensación.  Dejamos pasar todos los “objetos mentales” que van apareciendo (pensamientos, emociones, comentarios, etiquetas, juicios de valor…) con la atención firmemente anclada en la respiración. La práctica consiste en devolver la atención a la respiración constantemente, sin juzgarnos ni desesperarnos cuando nos distraemos o vemos que nuestra mente está muy agitada o distraída. El mismo Buda no dejaba de recomendar esta práctica una y otra vez. 
El seguimiento de la respiración permite desarrollar un nivel de concentración que raramente se experimenta en nuestra vida normal; para muchos después de hacer esta meditación es una revelación sentirse tan conscientes. La conciencia que se desarrolla en la meditación empezará a tener un efecto en nuestros estados mentales de todos los días, dando más claridad y más espacio en nuestra vida, con una nueva libertad para actuar de una forma más creativa.   

Otros soportes que se utilizan para la Meditación de Concentración son externos (kasina), como los discos de color, que resultan de gran utilidad para lograr la unidireccionalidad de la mente. 

 

- El kasina o soporte externo para la concentración (disco de color)

Los discos de color evitan la dispersión mental y aumentan el dominio sobre el pensamiento, ayudando a contenerlo. Para los principiantes el tamaño del círculo debe ser mayor que para los meditadores aventajados. Un círculo grande hace más fácil la concentración, pero un círculo pequeño permite una mayor unidireccionalidad mental. El meditador fija muy atentamente la vista en el kasina, evitando cualquier divagación o distracción, y trata de absorberse al máximo sobre el mismo. Después de unos minutos se cierran los parpados y trata uno de representarse, con la mayor fidelidad posible, el kasina. Cuando se desvanece por completo el soporte de la mente, se repite la misma operación. Se procede de este modo el tiempo dedicado a la práctica. Pero después de un tiempo prolongado de práctica (puede llevar meses), aparece en la mente, tras observar el kasina y cerrar los ojos, una contraimagen que los budistas denominan nimitta. Cuando aparece, el meditador se absorbe en esta imagen  y puede obtener así grados muy intensos de absorción meditativa. Al principio, la imagen conseguida al cerrar los ojos es difusa; luego se torna más clara y por último se presenta la fiel y nítida contraimagen. Este tipo de meditación con kasina unifica la consciencia, organiza la mente y procura calma.

Otra práctica de Meditación Samatha es el “desarrollo del amor Universal”, en la que el meditador genera un poderoso sentimiento de amor Universal hacia sí mismo y hacia otros, usando este sentimiento como el objeto de concentración.

 

- Desarrollo de amor Universal (Metta)

 

La práctica del desarrollo del “amor Universal” proporciona una forma directa de trabajar con las emociones, incrementando la autoestima y el cariño por otras personas. Con esta meditación se trata de irradiar el sentimiento de benevolencia y compasión para todas las criaturas. Se empieza por meditar sobre el afecto y la benevolencia; su importancia y su grandeza. El meditador comienza por sentir afecto por sí mismo; pero no un afecto narcisista ni personalista, sino el amor por el ser viviente y frágil que es, sintiéndose uno a si mismo interdependiente de todo. Después, con gran calma y paz, uno envía sus mejores sentimientos de amor e infinita compasión a los seres más queridos y familiares. Se propaga luego este sentimiento hacia amigos menos queridos, hacia los conocidos, hacia las personas que nos son indiferentes e incluso hacia los enemigos. Esta es una manera de meditación amorosa denominada Metta.

Muchas personas que hacen esta práctica por primera vez se sorprenden al ver que es posible sentir emociones tan positivas e intensas. Si los efectos de la meditación se refuerzan con un comportamiento ético, estos sentimientos pronto empezarán a extenderse a toda nuestra vida, donde parecerá tener un efecto casi “mágico”, mejorando nuestras relaciones interpersonales y a través de ellas, toda nuestra vida.

Todas las técnicas Samatha tienen el objeto de inducir estados de concentración, unificando en la conciencia partes de nuestro ser de una manera armoniosa, tranquila y clara. Cuando se medita se llega a transformar el vagabundeo mental que hay en la cabeza para dar lugar a sentimientos agradables de ligereza, quietud y tranquilidad. Empezarán a disolverse los conflictos internos, reemplazando los elementos inquietos y egoístas por perspectivas más amplias y objetivas.

A pesar de que la meditación Samatha es una preparación para la práctica Vipassana, debe estar claro que no es algo simplemente preliminar, ya que, aún cuando puede ser ardua, lleva a elevar los estados mentales dando al meditador calma y positividad.

 

LA MEDITACIÓN DE VISIÓN CLARA. VIPASSANA  

 

La Meditación  Vipassana, principal técnica de meditación enseñada por el Buda, es ante todo un camino de investigación de la mente, para  liberarse  de  la  ignorancia  y  del  sufrimiento gracias  al  desarrollo  de  la  consciencia  y  de  la  sabiduría.

El término pali Vipassana  se traduce frecuentemente al inglés como “insight” (penetración) y al español como “visión clara y penetrante”.  Si bien ésta no es una traducción literal, es aceptable, porque Vipassana conduce a la penetración del "Dhamma", a la comprensión directa y espontánea de la verdadera naturaleza de los fenómenos.

Dhamma es un concepto fundamental del budismo y tiene un sentido muy amplio y variado. Es, al mismo tiempo, la Naturaleza en sí  o la Verdad;  la Ley Universal de la naturaleza; nuestro Deber de acuerdo con esta Ley; y los Frutos derivados del cumplimiento de este deber.

Podemos investigar  esta Verdad en nuestro interior, en este cuerpo y mente que imaginamos ser. En cada uno de nosotros se encuentran varias naturalezas que componen un cuerpo, un ser. Estas son regidas por la ley de la naturaleza. Y existe el deber (la tarea) que debe ser realizado correctamente para y por todas las cosas, de acuerdo con la ley de la naturaleza. Finalmente, están los resultados de la realización de este deber. Si el deber es realizado correctamente, el resultado será el bienestar, la tranquilidad, el sentirse contento, cómodo, a gusto. Sin embargo, si el deber es realizado incorrectamente, el resultado será dukkha: insatisfacción, ansiedad, dolor, frustración, agitación o todas las cosas que perturban la vida. "Dukkha" es de lo que estamos huyendo constantemente.

Para llevar a cabo este desarrollo, tenemos que poseer, cuatro herramientas del  Dhamma que son: "sati" (atención, el estar muy atento o muy consciente de todo lo que ocurre), "sampajañña" (sabiduría práctica o comprensión rápida que permite actuar correctamente), "pañña" (sabiduría, saber, conocimiento) y "samadhi" (concentración).

La práctica del  Vipassana o desarrollo de la mente tiene por objeto en un primer nivel, el enriquecer y acrecentar estas cuatro herramientas del  Dhamma.

El significado literal de vipassana es ver o viendo en varias formas. “En varias formas” significa viendo como impermanente, viendo como insatisfactorio y viendo como insustancial. La impermanencia, la  insatisfacción y la insustancialidad son las características de todos los fenómenos condicionados. Y Vipassana nos ayuda a ver esas tres características.

Existen gran variedad de técnicas de desarrollo mental o Vipassana, para cultivar la mente. Una de las mejores es el "anapanasati-bhavana", el cultivo de la atención con la inspiración y la expiración. El significado completo y correcto de "anapanasati-bhavana" es tomar una verdad o realidad de la naturaleza y observarla, investigarla y examinarla minuciosamente en la mente, con cada inspiración y cada expiración. La atención con la respiración nos permite pues contemplar toda verdad natural fundamental, manteniendo la conciencia de cada inhalación y exhalación.

Según el Satipatthana Sutta (Sermón de los Fundamentos de la Atención), las cosas convenientes, correctas y necesarias para ser utilizadas como objetos de contemplación cada vez que inhalamos y exhalamos son: lo que llamamos "kaya" (cuerpo), los "vedana" (sensaciones), la mente "citta" y lo que llamamos "Dhamma (verdad última).

 

LA CONTEMPLACIÓN DEL CUERPO O KAYA incluye secciones como: la atención a la respiración; la atención sobre las posturas corporales; la atención sobre los componentes del cuerpo; la atención  sobre los cuatro elementos del cuerpo; y la atención al cuerpo muerto y en descomposición. 

Existe además un componente muy importante que alimenta el resto del cuerpo: la respiración. El "cuerpo de la respiración" es muy importante porque mantiene la vida en el resto del cuerpo. Aquí está la relación crucial que hay  que estudiar. El cuerpo físico, no puede ser regulado directamente. Esto está fuera de nuestras habilidades. Pero existe una manera de controlarlo y de regularlo: es indirectamente utilizando la respiración. Supervisar o dirigir la respiración hasta cierto grado, equivale a regular o controlar el cuerpo carnal hasta ese mismo grado. Estudiamos la respiración de una manera especial. Tomamos nota de cada tipo de respiración que aparece y estudiamos cómo es cada una. Respiraciones largas, respiraciones cortas, respiraciones apacibles, respiraciones violentas, respiraciones rápidas y lentas: tenemos que conocerlas todas. Hay que conocer  la naturaleza propia de cada una, sus características y sus funciones. Observamos qué influencia tienen los distintos tipos de respiración sobre el cuerpo. La respiración posee una gran influencia sobre el resto del cuerpo físico y su influencia tiene que ser percibida claramente. Hay que observar las dos partes de la relación hasta que parezca obvio que están interconectadas y son inseparables.

 

LA CONTEMPLACIÓN DE LAS SENSACIONES O VEDANA  consiste en ir registrando, sin aprobar o desaprobar, sin avidez ni aversión, y con total ecuanimidad, las sensaciones (placenteras, displacenteras o neutras) que surgen y se desvanecen en el cuerpo. La técnica más común para captar las sensaciones consiste en deslizar el foco de la atención mental por las distintas zonas del cuerpo y percibir las sensaciones existentes.

Los "vedana" tienen el más alto poder e influencia sobre los seres humanos.  Las sensaciones agradables tiran siempre de la mente en cierta dirección y condicionan ciertos tipos de actividad. Las sensaciones desagradables afectan a la mente e influencian la vida en dirección opuesta, pero siguen conduciendo a todo tipo de reacciones habituales y mecánicas. La mente lucha con ellas y las transforma en problemas que provocan "dukkha" (dolor, insatisfacción). Las sensaciones tienen un inmenso poder sobre nuestros actos,  tienen pues la más poderosa influencia sobre toda nuestra mente.

Existen tres puntos principales que entender en relación a los "vedana”:

- Comprender las sensaciones  en sí-mismas, las cosas que provocan sensaciones en la mente, que la mente siente.

- Saber como los "vedana" condicionan y excitan la mente provocando pensamientos, recuerdos, palabras y actos. Conocer las cosas que las sensaciones condicionan (provocan) en la mente, estas reacciones en cadena de la mente.

- Conocer entonces como controlar estas cosas que las sensaciones condicionan, lo que equivale a controlar las sensaciones mismas. Descubrir que podemos controlar la mente gracias al control de los "vedana", de la misma manera que el cuerpo carnal es controlado por la regulación de la respiración.

En el nivel que concierne al cuerpo, descubrimos y estudiamos como la respiración condiciona al cuerpo y como regulándola, podemos controlar el cuerpo. Este es nuestro medio de tranquilizar y apaciguar el cuerpo. En lo que respecta a la mente, está condicionada por las sensaciones. Controlando los "vedana" para que no condicionen la mente o la condicionen de manera saludable, somos capaces de calmar la mente.

Vemos pues como el primer nivel que concierne al cuerpo y el segundo que estudia los "vedana", se rigen por el mismo principio básico y son paralelos en su método de práctica.

 

LA CONTEMPLACIÓN DE LA MENTE O CITTA requiere un estudio especial, porque lo que llamamos "mente" es muy sutil, complejo y profundo. No la podemos ver con nuestros ojos, se necesita algo especial para "verla". Con una atención (Sati) bien desarrollada y entrenada, este estudio está dentro de nuestras capacidades, pero es necesario hacer un esfuerzo especial.

Es imposible conocer la "citta" directamente. No se puede "tocar" o contactar con ella directamente. Es sin embargo posible conocerla a través de sus pensamientos. Si sabemos cómo son los pensamientos, sabremos cómo está la mente. No podemos experimentarla directamente pero podemos experimentar sus propiedades, los pensamientos diversos que tiene, observando hasta entender la mente a través de todos los tipos de pensamientos que pueda tener.

En este nivel se puede dirigir la mente como lo necesitemos. Se puede hacer pensar la mente de distintas formas o dejarla quieta. Podemos hacer que la mente esté satisfecha, o incluso insatisfecha si así lo queremos. La mente puede experimentar distintos tipos de alegría y felicidad. Y puede ser aquietada, calmada y concentrada de distintas maneras y en diversos grados. Finalmente, la mente puede ser liberada, puede soltar y dejar ir las cosas que habían provocado amor, odio y apego. Esto es lo que hay que hacer para completar el tercer nivel de "Anapanasati". 

 

LA CONTEMPLACIÓN DEL DHAMMA O VERDAD ULTIMA es estudiar el hecho que constituye el secreto supremo de la naturaleza. Debemos estudiar el secreto de la verdad que controla la vida, la verdad de "aniccam, dukkham, anatta, suññata y tathata":

. Aniccam: todo fenómeno condicionado es impermanente y en constante fluir.
. Dukkham:   todo fenómeno condicionado es inherentemente incapaz de satisfacer nuestros deseos.
 . Anatta: todas las cosas carecen en realidad de "ego" o de alma.
. Suññata: todo está vacío de cualquier tipo de "ego", alma, de "yo" o "mío".
. Tathata: el "simplemente esto", el "esto es" de todas las cosas.

Juntos forman la Verdad Ultima. Tenemos que observar estas cosas hasta que sean plenamente realizadas. Cuando la mente entienda esta verdad de toda realidad, no volverá a cometer errores y se mantendrá por sí misma en el camino de lo correcto.

El más alto "Dhamma" está aquí mismo en Tathata ("simplemente esto"), más allá de todo sentido de lo positivo y de lo negativo, más allá de todo optimismo o pesimismo, más allá de toda dualidad. La Verdad por descubrir en el cuarto nivel de la práctica de "Anapanasati", el Vipassana, es el secreto de la naturaleza que dice que todas las cosas no son "nada más que esto", "simplemente esto", que no hay que apegarse a nada, no vale la pena apegarse a nada. 

Cuando practicamos la Meditación Vipassana practicamos la contemplación del dhamma o verdad última. Prestamos atención a los cinco agregados de la adherencia (materia o cuerpo físico, sensaciones, percepciones, mente y objetos de la mente. En palabras simples, los cinco agregados de la adherencia es aquello que experimentamos, cualquier cosa que vemos, que oímos, olemos, gustamos, tocamos y pensamos. Son los seis tipos de objetos que se nos presentan a través de las seis puertas de los sentidos (la mente en el budismo es otro sentido).

 De acuerdo con las enseñanzas de Buda hay dos clases de adherencia: adherencia por medio del apego o deseo y adherencia por medio de la concepción errónea. Cuando vemos algo, esto nos gusta y nos adherimos por medio del apego. Otras veces tomamos las cosas como permanentes. En este caso hay adherencia por medio de la concepción errónea. Nuestra tendencia es a adherirnos a las cosas  que experimentamos. Para evitar la adherencia necesitamos prestar atención al objeto. Entonces, vemos la cosa claramente, vemos cuando ésta surge y cesa, vemos su verdadera naturaleza, vemos los objetos como impermanentes, insatisfactorios e insustanciales, y no nos adherimos a los objetos.

Cuando practicamos Meditación Vipassana prestamos atención a la mente y la materia. A veces observamos la mente, otras veces observamos la materia. Cuando observamos la respiración, estamos observando la materia. La respiración es aire y el aire es una de las propiedades materiales. Cuando observamos nuestros pensamientos, emociones, estamos observando la mente o las propiedades mentales.

Los objetos deben ser observados en el momento presente porque sólo aquellos que están presentes pueden ser examinados, observados con atención. Algo que ya ha pasado no puede ser examinado tan claramente como aquello que está al frente de uno. Podríamos recordarlo, traerlo a la mente, pero no lo veremos tan claramente. El objeto que todavía no ha surgido, debido a que no ha sido visto todavía, no puede ser examinado. No podemos conocer su naturaleza. La única cosa que podemos examinar es la cosa que existe en el momento presente. Ésta es la razón por la cual el objeto en el momento presente es el más importante para aquellos que practican la Meditación Vipassana.

Cuando observamos la cosa en el momento presente y vemos su verdadera naturaleza, no tendremos apego a ella. Cualquier sea este objeto, tenemos que practicar atención. Ésta es la razón por la cual debemos observar la respiración y también nuestros pensamientos, emociones, dolor en el cuerpo, otras sensaciones, ruido, etc. Cualquier cosa que es prominente en el momento presente debe ser observada de tal manera que no desarrollemos apego a la misma y para que podamos ver su verdadera naturaleza.

Si prestamos atención al objeto en el momento presente vamos a comprender por nuestra propia experiencia que es impermanente, sufrimiento o insatisfactorio e insustancial.

Cuando uno observa una cosa y ve que está surgiendo y cesando, uno comprende que es impermanente. Cuando es impermanente, uno comprende también que está sujeta u oprimida a un incesante surgir y cesar. Estar oprimida por el surgir y cesar es la característica del sufrimiento. En este contexto sufrimiento significa no sólo dolor sino también insatisfacción. Cuando uno ve un objeto surgir y cesar y después otro objeto surgir y cesar y así sucesivamente, uno se siente oprimido por ese continuo surgir y cesar, uno comprenderá la naturaleza del sufrimiento. Y cuando uno puede ver el continuo surgir y cesar de los objetos y la naturaleza del sufrimiento, uno comprenderá la característica de la insustancialidad. Esto significa que uno no tiene control sobre las cosas. Uno no puede hacer que las cosas impermanentes sean permanentes. Uno no puede hacer que las cosas insatisfactorias sean satisfactorias. No hay ejercicio de autoridad sobre ellas. No hay nada sustancial en esos objetos.

Simplemente con prestar atención a los objetos en el momento presente, podemos descubrir estas tres características de todos los fenómenos condicionados. Y sólo cuando vemos estas tres características, podemos evitar el apego, podemos alcanzar los estados de iluminación. Esto es lo esencial, ver las cosas como impermanentes, ver las cosas como insatisfactorias y ver las cosas como insustanciales.

La mayoría del tiempo reaccionamos con apego o aversión. Nos gusta algo o nos disgusta. Cuando algo nos gusta, el apego sigue. Cuando algo nos disgusta, sigue la aversión. Debemos evitar tanto el apego como la aversión.

Cuando observamos los objetos, debemos prestar simplemente atención. Debemos tener mera atención sin adiciones personales. Uno toma el objeto como objeto de meditación, sin agregarle nada, sin adiciones.

Pero es casi imposible detenerse en lo que se ve, se oye, se huele, se saborea, se toca o se piensa porque estamos entrenados para hacer juicios muy rápidamente. Antes de que sepamos lo que estamos haciendo ya nos hemos formado una opinión o un juicio con relación a algo.

Hay dos tipos de objetos: conceptos y realidades últimas. Ambos pueden ser objetos de la mente.

Los conceptos son aquellos aceptados por la gente con un cierto nombre. Son designaciones creadas para facilitar la comunicación. Si bien esos nombres son útiles para la comunicación, no son reales. En realidad no existen porque no tienen un comienzo y un final. Estos conceptos no tienen esencia individual. No tienen un surgir, una continuación y un cesar. Son nombres, conceptos dados a las cosas. Éste se denomina “concepto nombre”.

Hay otro tipo de concepto, el concepto cosa. Por ejemplo, el término “escritorio” es un concepto nombre y la cosa que llamamos “escritorio” es un concepto cosa. Pero en realidad el escritorio no existe. Lo que llamamos escritorio es simplemente una combinación de pedazos de madera. Cuando estos pedazos de madera se sacan perdemos la designación “escritorio”. Aquello que pensamos que existe, desde el punto de vista de las realidades últimas no existe porque carece de una esencia individual. El pedazo de madera es aún un concepto, pero las partículas de materia indivisible son una realidad... Lo que llamamos casa, auto, hombre, mujer, etc., son conceptos y como tales no tienen una existencia real. Esto es lo que se denomina “concepto cosa”.

Hay, pues dos clases de concepto: concepto nombre y concepto cosa. La mayoría de las cosas que experimentamos son conceptos -concepto nombre o concepto cosa.

Los cinco agregados son realidades últimas. La mente y la materia son realidades últimas porque la mente realmente existe, porque la materia realmente existe. Uno puede experimentar la mente y la materia.

Con respecto a las realidades últimas (conciencia, factores mentales, propiedades materiales) la cosa denotada por el concepto nombre es una realidad última. Por ejemplo, la conciencia es una realidad última. El nombre “conciencia” es un concepto nombre pero aquello denotado por el concepto nombre, la conciencia, es una realidad última. En este caso no hay concepto cosa. Hay sólo una realidad última.

Realidad última significa algo que es real, algo que posee una esencia individual, algo que tiene un surgir, un continuar y un cesar. Estas tres son las fases de la existencia. La conciencia surge, continúa por un momento muy breve y después desaparece. Lo mismo ocurre con los estados mentales.

La Meditación Vipassana toma como objeto  las realidades últimas y no los conceptos. Porque no podemos ver la impermanencia, el sufrimiento (insatisfactoriedad) y la insustancialidad en los conceptos. Simplemente porque estas características no existen en los conceptos. Por lo tanto no podemos decir que son permanentes o impermanentes, sufrimiento o no sufrimiento. Solamente con respecto a las realidades últimas pueden existir estas tres características. Cuando practicamos Meditación Vipassana, tomamos las realidades últimas como objeto, la conciencia como objeto, las propiedades materiales como objeto, etc. 

Cuando uno toma la respiración como objeto, el énfasis debe ser en la realidad última y no en la forma de la respiración. A menudo cuando nos concentramos en la respiración, vemos algo así como una vara que entra y sale. Cuando vemos la respiración como una vara o como una forma, esto significa que nos estamos concentrando en conceptos y no en las realidades últimas. Esto no es Vipassana. Esto es meditación de tranquilidad (Samatha). Cuando practicamos meditación de tranquilidad en la respiración, tomamos la respiración como un concepto. Pero cuando practicamos Meditación Vipassana en la respiración, debemos atravesar la capa externa del concepto para penetrar en su naturaleza. ¿Cuál es la naturaleza de la respiración o el aire? El aire tiene la naturaleza de expansión, apoyo, movimiento. Uno se debe concentrar en alguno de estos aspectos cuando toma la respiración como objeto de la Meditación Vipassana. El énfasis debe ser en las propiedades materiales.

Cuando uno practica Meditación Vipassana, uno presta atención al objeto presente, que debe ser una realidad última. Presta atención al objeto con mera atención, sin adiciones, sin agregar nada. Si uno tiene en cuenta estas cosas, tendrá una buena práctica.

 La Meditación de Visión Clara o Vipassana nos conduce a ver las cosas como realmente son, permite la captación directa de las tres características básicas de la existencia, permite  ver la mente y la materia como impermanentes, insatisfactorias e insustanciales. La comprensión de las tres características nos conducirá a la realización de las Cuatro Nobles Verdades,  resultado de la práctica de Vipassana.

La visión clara o Vipassana es capaz de la aprehensión directa, sin prejuicios o interpretaciones y origina modificaciones muy profundas en la mente humana. La inafectada observación de los fenómenos físicos y mentales, internos y externos, produce otro tipo de mente. Sobreviene la discriminación liberadora y el ser humano comienza a purificar sus opiniones, a refrenar su ego, a superar el apego y el egotismo, y muchas distorsiones e impedimentos mentales cesan. 

La Meditación Vipassana confronta con los procesos y enseña a verlos en toda su fugacidad, fluir e impermanencia. Pero no basta obviamente con el reconocimiento intelectivo de este hecho, sino que se requiere la experiencia directa, que sólo procura la meditación. Al mirar con visión profunda, los fenómenos se presentan como son y la vivencia directa de los mismos cambia la raíz de las estructuras ordinarias de la mente. El entendimiento se torna revelador y la inteligencia búdica (iluminada) hace acto de presencia.

Sin Vipassana no puede haber realización de la verdad, no puede haber iluminación.

 

 

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